martes, 7 de mayo de 2019

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Anhedonia

—¿Quién tiene hijos aquí?

—Antoine.

Sales a la puerta y la ves. Y en ese momento sueltas una pequeña risita y se te queda una sonrisa tonta. Te acercas un poco más; ya no te veo. Poco después vuelves con la misma risa y la misma expresión. Qué tierno todo, me da por pensar, mientras suenan Wait for me, A gentlemen's coup y This is letting go. Y yo también sonrío.

Dices que los niños de 3 años son mejores que los de 8. No estoy de acuerdo conceptualmente, pero me parece bien que te alegres por lo que acabas de ver, así que no voy a llevar la discusión más allá. Tampoco es que sea la primera cosa en la que no coincidimos.

lunes, 29 de abril de 2019

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Dónde estamos

Hace poco entré en una tienda de cartas Magic donde también tienen mesas para jugar y celebrar torneos. En ese momento había bastante gente, en torno a unas 20 personas. O quizá debería decir 20 chicos... porque todos lo eran. Me quedé un momento en blanco al darme cuenta de que yo era la única chica ahí dentro, y me sentí un poco incómoda y un poco más triste. Estuve tentada a preguntar al respecto, pero al final no lo hice.

Esto me hizo recordar lo que sucedió a partir del lanzamiento de la primera imagen de un agujero negro gracias al Event Horizon Telescope. Al margen de lo más o menos interesante que nos pueda parecer la imagen en sí, de lo que quiero hablar es de la cara protagonista en las redes: una chica que desarrolló el código junto con su equipo durante el doctorado y que, para bien y para mal, se ha hecho famosa en muy poco tiempo. Y es que alguien puede no estar de acuerdo en que se le atribuya todo el mérito a ella cuando no lo tiene (aunque tampoco es lo que se está haciendo), pero creo que es evidente que ella no tiene la culpa de eso y que no tiene sentido atacarla personalmente.

miércoles, 27 de marzo de 2019

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¿Y tú qué piensas?

Creo que siempre he tenido más manía a la medicina de la que debería. Quizá por mi familia, quizá porque todo el mundo me preguntaba si eso era lo que iba a estudiar de mayor. Sin embargo, a veces hasta me arrepiento de no haber estudiado más sobre el cerebro humano. El problema estaba en que quería evitar a toda costa el resto.

Estuve escuchando esta conferencia y me pareció ciertamente interesante (más que muchas más cercanas a mi campo, a decir verdad). Me gustaría, de hecho, comentar algunos de los puntos que trata.

El primer punto trata sobre la capacidad de controlar las acciones de los ratones. Así sin más parece un gran avance para la ciencia, pero me lleva a plantearme dos cuestiones. Por un lado, ¿es ético experimentar con animales? Esta es una pregunta que la gente se lleva haciendo ya unos cuantos años, pero aquí vuelve a aparecer. El problema en este caso es que es imposible realizar el experimento en humanos con los recursos que tenemos, con lo cual las opciones serían o esperar sentados hasta ese momento o lo que se está haciendo ahora. Por otro lado, si al final se consiguiese entender el cerebro humano lo suficiente como para controlarlo, ¿quién nos asegura que siempre se va a utilizar ese conocimiento con un buen fin? Habría que regularlo muy estrictamente, y aun así siempre hay alguien que se escapa. Seguro que no es la primera vez que se firma el juramento hipocrático como quien pulsa la casilla de aceptar los términos y condiciones.

Esto se relaciona con el segundo punto: se podría llegar a leer el pensamiento de otra persona. También suena genial a priori y lo hemos visto en montones de películas y libros, pero llevarlo a la realidad es otro nivel. En cualquier caso, lo más probable es que hasta que esta funcionalidad sea realmente útil se necesiten décadas, pero quizá dentro de algo menos esto permita ayudar con algunos problemas mentales. Quién sabe.

 El tercer punto es económico: las nuevas tecnologías no son baratas, y esta no iba a ser menos. Quien tendrá acceso a estos avances médicos será quien se lo pueda permitir, porque (casi) todo es cuestión de dinero en esta vida. Ojalá me equivoque, pero si llegamos a ver este procedimiento en marcha, dudo que sea de otra manera.

domingo, 10 de febrero de 2019

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Reality blown

El otro día estaba viendo la nueva temporada de Fama y me estaba gustando hasta que vi de lo que son capaces por conseguir morbo y audiencia.

Primero, el jurado eligió a dos parejas que lucharían por la inmunidad al día siguiente. Después le desvelan a otra chica cuál es el premio sorpresa que había ganado el día anterior. Antes de que dijeran nada me imaginé que ella también podría luchar por la inmunidad con su pareja. Pero no fue exactamente así. Le dijeron que podía robar el puesto a una de las otras dos parejas. Es decir, no solo han ilusionado a esa gente para luego quitarles esa ilusión, sino que tiene que decidir una de sus compañeros a quién roba esa oportunidad. Me pareció una estrategia horrible, porque no era algo que ellos supieran siquiera de antemano, sino que ocurrió todo en el momento y encima tenía que decidir deprisa porque se acababa el tiempo. Lo único positivo que puedo ver a eso es que se supone que vas a robar el puesto a la pareja que crees que es la mejor de las dos, pero eso se puede hacer sabiéndolo de antes, y no así de repente.

miércoles, 9 de enero de 2019

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El precio de la libertad

Hoy me he encontrado en mitad de una conversación en la que uno de los participantes defendía la imposición de una dictadura si con ello se conseguía preservar la igualdad económica.
La razón por la que no puedo estar de acuerdo con ninguna clase de dictadura se puede resumir en una sencilla frase en la que estuve pensando hace poco de forma independiente:

¿Quién vigilará a los vigilantes?

Aunque creo que es bastante clara por sí sola, desarrollaré un poco más. Y es que incluso si estuviera de acuerdo con todas las ideas que alguien me propusiera no podría aceptarlo porque, en primer lugar, pueden cambiar en el tiempo y, en segundo, quizá hay otras ideas que no me haya contado que no comparto o no concuerdo con el método que aplicaría para conseguir alguna de sus ideas. Y el problema principal de una dictadura es que, una vez la persona o el grupo llega al poder, no hay forma de destituirlo externamente, así que nadie puede controlar al dictador a partir de ese momento.

miércoles, 31 de octubre de 2018

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Lo que digo vs lo que oyes

Nadie debería avergonzarse por escuchar música categorizada como cristiana aunque no sea afín a la religión. En este caso me refiero concretamente a grupos de rock cristiano. Generalmente las canciones pueden ser interpretadas de distintas formas, no necesariamente religiosas, y eso es, en mi opinión, lo bonito que tiene la música y el arte en general: si la explicación del creador no te convence, puedes crear la tuya propia.

Esto, que ha surgido a partir de un comentario en este vídeo, me ha recordado al gran debate que se generó hace unos días por una canción de Mecano. Si bien no me parece que cambiar una palabra tenga que generar tanto revuelo por ambas partes, no entiendo por qué Ana no estuvo de acuerdo, independientemente de que ella tenga o no poder de decisión sobre ello, ni qué le costaba cambiarla a quien sí lo tiene (porque al final no se realizó ningún cambio). Es como si no quisieran admitir el origen de ciertos términos, como si cambiar una palabra supusiera una derrota. Yo no lo veo así; los cambios también pueden ser positivos. Además, recuerdo otra canción del mismo grupo en la que en una primera versión Ana cantaba "contestastes" y, posteriormente, se dieron cuenta del fallo y quitaron la "s". ¿Ahí no pasa nada por cambiar la letra?

lunes, 3 de septiembre de 2018

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Presagio

3 de febrero de 2016, ~16:20


Siempre me había llevado a la cama a quien había querido y cuando había querido. Menos aquel día. Porque esa vez... me llevaron a mí.

Al día siguiente quedé con mis amigos como si no hubiese pasado nada. Llevaba una bufanda; no quería que se viesen las marcas. Pero él sabía que eso no era propio de mí; a pesar de ello, no tocó el asunto. 

Hubo un momento en que ya no pude soportarlo más:
—Ahora vengo, chicos. Voy al baño.

Y una vez allí exploté. Estuve un buen rato llorando en silencio o, al menos, lo más silenciosamente que pude. Pero el tiempo corrió más de lo que hubiese querido, y él empezó a preocuparse más de lo que hubiese deseado. 

Fue a buscarme y, cuando oí su voz que me llamaba, me arreglé como pude y salí. Entonces me preguntó:
—¿Por qué llevas bufanda? 
—¿Qué pasa? Es la que me regalaste. 
—No es normal y lo sabes.

Intentó quitármela, pero conseguí esquivarlo y fui hacia donde estaban los demás, así que no tuvo más remedio que seguirme.
—Me voy a ir ya, no me encuentro bien.

Pareció que nadie más había notado nada extraño, así que me coloqué mi capa roja y salí. Sin embargo, cuando ya estaba en la puerta, él me agarró del brazo y me dijo:
—Déjame acompañarte. Quiero ir contigo. 
—No quiero que vengas -le espeté con brusquedad tras zafarme de él.

Me giré y la capa ondeó tras de mí. Comencé a alejarme sin mirar atrás. Sabía que me estaba yendo para no volver.

Después de un trecho que se me hizo interminable, llegué al puente. Ese día el río estaba muy calmado, más de lo habitual. No quise pensar en nada más. Y entonces volé, y mi capa también. Volamos en la única dirección en la que sabíamos volar.

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